Charly García: un pie de página a la historia del rock.
Ese modo de vida excepcional que se hizo posible y visible en la segunda mitad del siglo XX a través de la música: la juventud, hoy tiene muy poco o nada que ver con el contexto en el que tomó forma. La actitud de triunfalismo frente a los valores del pasado por parte de menores de 30 años como Mark Zuckerberg o Sean Parker -los nuevos rockstars- que consiguieron lo que puede ofrecer la sociedad contemporánea a quienes logran descifrarla: dinero, autos, mansiones, fama; no produce la sensación de que el mundo esté cambiando. Al contrario, para hacerse una idea de lo que significaba ser menor de 30 años en una época menos mediatizada, habría que evocar -mirando la historia a contrapelo- la era del jazz descrita por Fitzgerald, cuando las mujeres empezaron a usar vestidos sin corpiño, cuando se descubrió el uso recreativo de las drogas y los bailes alocados. O mejor, hay que fijarse en el desconcierto de la generación posterior a las guerras mundiales frente a las costumbres victorianas de sus padres, que causó una división generacional sin precedentes. Así, es posible afirmar con Marcuse que lo que realmente se liberó en los años sesenta fue energía libidinal y que Elvis Presley, Jerry Lee Lewis y James Brown fueron quienes le dieron forma a aquello a través de la música. La importancia de la música rock radica en que fue la conmemoración de esa actitud, del teen spirit, que hoy se condensa en los reproductores de ¡tunes de los emprendedores del siglo XXI.
Quizás suene trillado decir que los sesenta fueron una época maravillosa, o reiterar que a pesar de aquel cruce entre arte, música y moda que despertó en los jóvenes la conciencia de actualidad, en esos días no se ganó nada. Aún no es posible decir sí o no, ni siquiera han pasado 50 años desde que Londres se convirtiera en una torre de babel de pisa hecha de jell’o y que Bill Halley con sus cometas hiciera, según Cabrera Infante, la exclamación perfecta: Rock around the clock! Todavía se sigue repitiendo, como la sensación del mes, la misma ola que despertó a una generación que vivía entre escombros y vió en la música de Eddie Cochram y Chuck Berry una forma de vida que alteró todo un entorno social y sacudió a San Francisco al ritmo de Bob Dylan, Greatful Dead, Janis Joplin, el LSD y los poemas de Allen Ginsberg; Le dió color a Los Angeles con The Byrds, The Mamas and the Papas, Buffalo Spriengfield y The Doors, haciendo realidad el sueño hippie del Sunset Strip; incluso fue posible que en Nueva York emergiera otra cultura -la contracultura- que enaltecía la marginalidad y el caos urbano de la mano de Andy Warhol y The Velvet Underground. Y vibraba Londres, claro está, con los Beatles y los Stones desfilando por la Baker Street con la ropa inventada por Mary Quant, sacerdotisa del Swinging London.
Cuando se habla de música, moda y juventud, cuando se habla de rock and roll, hoy se designa algo que no tiene nada que ver con aquello de lo que hablaba Pete Townshed: “Si grita pidiendo verdad en lugar de auxilio, si se compromete con un coraje que no está seguro de poseer, si se pone de pie para señalar algo que está mal pero no pide sangre para remediarlo, entonces es rock and roll”. Lo curioso, la actualidad de las palabras de Townshed, es que resuenan en el año 1982 al final de la dictadura militar argentina, como linner notes a un álbum titulado Yendo de la cama al living que estaba en frecuencia con la tradición de la música que le dio voz a la juventud en el siglo XX.
Vale la pena preguntarse por la singularidad de Charly García, respecto a la tradición del rock and roll, ya que cumplió 60 años hace poco y sigue manteniéndose vigente, a pesar de sí. A pesar de haber encarnado lo mejor y lo peor de un roquero, los excesos y la actitud que señalaba Townshed. A pesar de su agitada vida pública de Charly García no se puede sino especular: Primero sobre su vida y segundo sobre el origen de sus canciones. La rebeldía y el extrañamiento ante las condiciones dadas hacen parte de la personalidad de Charly, basta con revisar lo que dice su biógrafo oficial Sergio Marchi para darse cuenta que tiene la patología del genio, el don y el látigo: Una predisposición natural hacía la música que encontró en Bach y Chopin su desarrollo, así a los doce años daba su primer concierto y ya era profesor reconocido por la academia. Sin embargo, su talento natural no le alcanzó para desarrollar su impulso a la composición y es acá donde los Beatles aparecen: “Cuando escuché a los Beatles me volví loco, pensaba que era música marciana…comprendí el mensaje: tocamos nuestros instrumentos, hacemos nuestras canciones y somos jóvenes…lo primero que escuche de ellos fue There’s a place. Me di cuenta lo que pasaba con las cuartas y unas cuantas cosas más. Y ahí ¡Kaboom! Acabó mi carrera como músico clásico”.
Lo demás es historia: Sui Generis, La máquina de hacer pájaros, Serú Girán y sus discos como solista, un poco irregulares por cierto, porque vienen marcados por el caos que conllevan los excesos, pero que no dejan de ser un pie de página a la historia del rock and roll. Albumes como Influencia y Casandra Lange son un testimonio de lo que lo que significa apropiarse de la tradición de manera personal. En ellos García es Bob Dylan, John Lennon, Roger McGuinn, Phil Spector y hasta una versión mejorada de Todd Roungren; Charly García es todos los nombres de la historia del rock. Por eso, tal vez, su esquizofrenia se resuelve en una triada de conciertos argentinos que incluyen tres repertorios de 20 canciones diferentes y revisan su carrera, influencias, acompañado de sus aliados de siempre. Posiblemente sean estos shows una plataforma para que se materialice un nuevo disco y una gira suramericana que haga posible volver a ver a Charly García en escenarios colombianos, que por cierto ya lo extrañan a fuerza de recibir de falsos simulacros de la esencia que se encarna en él.